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Bolivia: Las Nuevas Ganaderas de las Ovejas de Pelo

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La historia de estos animales en tierras mojeñas comenzó cuando el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado los transportó en 1999 para un proyecto piloto en la comarca Santa Ana de Museruna. Tras dos años, los 21 especímenes se convirtieron en 200 y se adaptaron sin problemas, sobre todo los de la raza Morada Nova. Hoy existen 33 módulos con unos 2.000 ejemplares

Los mojeños poseen una tradición ganadera. Actividad que se impregnó a su vida desde fines del siglo XVII, cuando las reses llegaron con los evangelizadores jesuitas. Pero, ahora hay indígenas que han empezado a apostar por otro tipo de ganado, aquel compuesto por una especie que tiene pelaje al ras: las ovejas de pelo. Pura Menacho Núñez es líder de la Organización de Mujeres de las dos subcentrales que impulsan esta crianza, apoyados por la Central de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA).

“Estamos más de seis años en esto. En el Territorio Indígena Multiétnico (TIM) hay 19 pueblos que han comenzado esta producción. Y existen algunos en el Territorio Indígena Mojeño Ignaciano (TIMI). Lo de bueno es que estas ovejas son de fácil manejo y no se necesita mucha inversión para poder mantenerlas. No molestan, no requieren mucha atención, ni mucha comida, y por esta razón es que más compañeras se están animando a tenerlas en sus casas. Aprovechamos su carne y cuero. Cada kilo de carne cuesta 15 bolivianos”.

En 1682, el cura Cipriano Barace, tras haberse fundado la primera reducción jesuítica en Loreto, transportó desde Paraguay 200 reses que se multiplicaron como hostias hasta alcanzar un hato de 50.000 cabezas. Fue la raíz de una tradición económica que hasta hoy impera en la región, ya que Beni es la capital de la ganadería y tuvo tres auges en la historia. El primero fue implementado por los grandes propietarios gomeros que se asentaron a fines del siglo XIX, cuando la Casa Suárez llegó a acumular 8 millones de hectáreas de tierra y unas 2 millones de reses.

El segundo se dio con la Revolución Nacional de 1952, cuando el boom minero solicitó miles de kilos de carne vacuna diarios para abastecer a sus campamentos en occidente. Y el último se presentó con la apertura de las carreteras en el departamento. Actualmente, allí hay unas 3 millones de cabezas, es decir, el 46 por ciento del hato ganadero del país. El Museo de Mojos explica que las reses que habitan en las estancias benianas resultan del cruce de la especie Nelore (una variedad del cebú, procedente de la India), y que fue traida desde Brasil, con el criollo, para garantizar su supervivencia en un medio tan hostil.

La historia local de las ovejas de pelo no se compara con la de toros, vacas y bueyes. Éstas recién tienen unos cuantos miles de inmigrantes y sólo una década de presencia en las aldeas mojeñas. Todo comenzó cuando el CIPCA transportó ejemplares en 1999 para un proyecto piloto en la comarca Santa Ana de Museruna. Tras dos años, los 21 especímenes se convirtieron en 200 y se adaptaron sin problemas, sobre todo los de la raza Morada Nova. El director regional de esta institución, Fernando Heredia, informa que hoy existen 33 módulos con unos 2.000 animales que benefician a unas 470 familias mojeñas.

Esta organización complementa su colaboración a los villorios con el armado de los corrales y la dotación de semillas para el cultivo de pastos en un espacio de tres hectáreas. El primer año, los ganados de ovejas de pelo son manejados a nivel grupal y luego cada familia tiene su hato, que puede parir dos veces al año. “Esta crianza tiene un buen impacto en la economía y sobre todo en el medio ambiente, porque las familias tienen así un producto al que pueden acceder de manera directa para su alimentación y la caza se vuelve poco regular. De ahí se tiene un efecto de conservación de la fauna”, manifiesta Heredia.

Otras ventajas son explicadas en un informe que detalla que para el cuidado de esta especie se requiere poco terreno y es de fácil manejo para las parentelas. “Más de 100 ovejas pueden vivir en cinco hectáreas… Los beneficios para el productor son en el mediano plazo y se puede tener hasta dos crías en un solo parto”. Y también está el aporte proteínico logrado con el consumo de la carne de este ejemplar. Y Menacho añade otro beneficio: “Con estos animales, tenemos la clara opción de mejorar nuestros ingresos económicos”.

Las comarcas interesadas pueden solicitar la dotación de estas ovejas tras la resolución de una asamblea. Con el pedido, CIPCA dota dos especímenes por familia, aplicando una relación de un macho para 20 hembras. La entidad igualmente capacita a los productores en el conocimiento de las enfermedades que acosan a estas ovejas y su respectivo tratamiento. Y de acuerdo con la experiencia implementada en Santa Ana de Museruna, se estableció que esta crianza puede brindar réditos hasta de 200 dólares anuales para cada clan familiar. Y para garantizar un buen rendimiento del hato, éste por lo menos debe duplicarse en una gestión.

Hoy, la carne proveida por estos animales sirve para la seguridad alimentaria de los villorios mojeños. Se promueve también su comercialización en San Ignacio de Mojos y en la capital beniana, Trinidad. No obstante, CIPCA gestiona la apertura de otros mercados. Y se han organizado ferias en las que se promociona el consumo de este producto, con la preparación de platos de comida. Ello se ha vuelto una tradición, inició en 2007 y ha dado buenos resultados, ya que la cita se ha convertido en un espacio importante de difusión para las ganaderas del rubro.

El 30 de julio de este año se desarrolló la Tercera Feria de la Oveja de Pelo en San Ignacio de Mojos, precisamente durante la efeméride patronal de la localidad. Para el evento, las criadoras de estos animales armaron una carpa y prepararon 500 platos con carne de los ejemplares que cuidan en sus aldeas; y la oferta se quedó corta ante la masiva demanda de la población. Aparte, se expuso a las ovejas en corrales y se organizó una rifa en la que se sorteó una de ellas. Según Menacho, “cada año viene y compra más gente”.

Ahora lo que resta, dice la dirigente, es buscar más compradores para la producción. “Esperamos crecer más de aquí a un tiempo. Las ferias nos colaboran para demostrar que esta carne es riquísima y que no tiene nada que envidiar a otras. No somos muy ambiciosas, pero nos imaginamos en un tiempo lejano vender a otras ciudades del país y hasta exportar, todo va a depender de nosotras”. Así visto, estas ovejas que tienen un corte al ras, sin nada de lana, poseen un futuro promisorio para multiplicarse en Mojos.

La crianza de gallinas ponedoras

Otro de los proyectos del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) en las regiones mojeñas es la crianza semi-extensiva de gallinas ponedoras para el autoabastecimiento familiar. Un trabajo que brinda los siguientes beneficios: uno, el reconocimiento comunal al trabajo de las mujeres productoras, lo cual les abre espacios para ocupar niveles jerárquicos en el liderazgo local. “A través de la crianza de ganadería menor, en la cual participan hombres y mujeres, éstas se hallan a cargo de la actividad económica, con lo cual el destino de la producción será netamente decidido por las mismas. Esto permite la reflexión y hace más visible el aporte de la mujer dentro de la comunidad y dentro del núcleo familiar”. Además, 45 familias campesinas cuentan en la actualidad con módulos de crianza de estas aves y se han beneficiado a través del consumo y venta de las mismas; ellas tienen prácticas de manejo de animales y control de enfermedades comunes, y han multiplicado sus ejemplares. Con esto, las mujeres elevan su autoestima y la tarea les genera un promedio de 150 dólares anuales al valor bruto de su producción.

Indígenas expertos en “meliponicultura”

Un plan que ha beneficiado a 380 familias indígenas y campesinas benianas es el de cría de abejas nativas para la diversificación de las fuentes de ingresos económicos de las parentelas. El proyecto está a cargo del Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (CIPCA) y apunta a garantizar la seguridad alimentaria de la comunidad Mercedes del Cavitu, mediante la instalación de criaderos y la comercialización de los excedentes. Los resultados obtenidos han sido halagüeños: las familias que han tenido la experiencia cuentan con conocimientos y prácticas sobre este rubro; aparte, éstas comparten su aprendizaje capacitando a otros compañeros de su villorio que muestren interés por la “meliponicultura”; de esta forma, las comarcas que se encuentran en el municipio “tienen a disposición el referente, directamente de productores o compañeros de sus aldeas, para poder analizar e incursionar en la cría de abejas nativas o como lugar para practicar y adiestrarse en este rubro”. El planteamiento es sostenible en el tiempo y permite el aprovechamiento de la flora silvestre para lograr un producto ecológico y medicinal tanto para consumo y venta.

Beni, el imperio de las reses

Según el Museo de Mojos, el ganado ibérico introducido por los jesuitas a fines del siglo XVII se adaptó a lo largo de varias generaciones a las duras condiciones naturales de las pampas de Mojos: inundación, sequía, pastos pobres y millones de insectos picadores. Ya en pleno siglo XX se introdujo desde el Brasil el ganado Nelore (una variedad del cebú, procedente de la India) para mejorar la producción de carne. Este ganado se cruzó con el criollo para garantizar su supervivencia en un medio tan hostil. La mayor parte del ganado es para carne, muy poco para producción de leche. “El sistema de manejo habitual en el Beni es tradicional y extensivo; se deja al ganado que apaciente en todos los campos de pastoreo. Esto provoca muy bajos rendimientos por hectárea. Las especies de pastos nativos existentes son el camalote, el arrocillo y las cañuelas blanca y morada. Los campos se someten a quemas anuales poco antes de las primeras lluvias de octubre. En los potreros de muchas propiedades existe sobrecarga animal, pérdidas por pisoteo y ausencia de rotación de variedades que repongan la fertilidad de los suelos”.

 

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